Heidi

Heidi

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Luego examinó atentamente a Heidi, y de cuando en cuando volvía a mover la cabeza. Heidi la miraba derecho a los ojos. Había en la mirada de la anciana algo bondadoso que conmovía profundamente a la niña. La abuela entera le agradaba tanto, que no podía quitarle los ojos de encima. Tenía una hermosa cabellera blanca cubierta de una toca de puntillas que encuadraba el rostro; muy especialmente le gustaban a Heidi las dos cintas que flotaban a ambos lados de la cabeza como si una ligera brisa soplara constantemente alrededor de la anciana.

—Y tú, ¿cómo te llamas, pequeña? —preguntó al fin la abuela.

—Yo me llamo solamente Heidi; pero como también tengo que llamarme Adelaida, tengo que tener cuidado… —Se detuvo porque la señorita Rottenmeier acababa de entrar en la sala y Heidi se sentía un poco culpable porque seguía sin contestar cuando la llamaba Adelaida, pues aún no tenía presente que tal era su nombre.

—La señora Sesemann convendrá —dijo la señorita Rottenmeier— que era preciso elegir un nombre que se pudiera pronunciar sin sentirse incómodo, aunque sólo fuese a causa de la servidumbre.

—Querida Rottenmeier —contestó la anciana— cuando una niña se llama Heidi y está acostumbrada a este nombre, ¡pues se la llama así y nada más!


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