Heidi

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No había nada que decir. La abuela tenía ideas propias y nadie podía hacerla cambiar. Era una mujer con sus cinco sentidos bien despiertos, que la edad no había debilitado aún, y desde el primer momento se había dado cuenta de lo que sucedía en aquella casa. Al día siguiente, cuando Clara, después de comer, fue a hacer la siesta, como de costumbre, la abuela se sentó a su lado y cerró los ojos durante unos minutos. Luego volvió a levantarse, alegre y despierta, y se fue al comedor. No había nadie en él.

«Debe de dormir», se dijo la anciana, dirigiéndose a la habitación de la señorita Rottenmeier. Allí llamó enérgicamente a la puerta. Al cabo de unos segundos, el ama de llaves apareció y se echó atrás, un poco asustada ante la inesperada visita.

—Quería saber dónde se encuentra la niña a estas horas y qué hace —dijo la señora Sesemann.

—Está en su cuarto, donde podría ocuparse útilmente si tuviese el menor instinto de actividad. ¡Si usted supiera, señora, las ideas que le pueden pasar por la cabeza y que, a veces, lleva a cabo! Ideas que apenas me atrevería a mencionar en la buena sociedad.


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