Heidi
Heidi —Pues si yo tuviera que estar encerrada en una habitación como esta niña, ¡se lo puedo asegurar: harÃa lo mismo! ¡Y a ver si usted podÃa contarlo en sociedad! Ahora vaya a buscar a la niña y llévela a mi habitación. Quiero enseñarle unos libros muy bonitos que he traÃdo.
—¡Precisamente eso es lo que querÃa decir! —exclamó la señorita Rottenmeier—. ¿Qué hará ella con esos libros? Desde que está aquÃ, ni siquiera ha logrado aprender el abecé; no hay medio de hacerle comprender la menor cosa; el señor profesor se lo dirá: si además de ser una excelente persona no tuviera la paciencia de un ángel, hace mucho tiempo que hubiera renunciado a las lecciones.
—¿Ah, s� Me extraña mucho, porque Heidi no tiene aspecto de alguien que no pueda aprender las cosas y menos el abecé —observó la señora Sesemann—. Pero ahora, señorita Rottenmeier, haga el favor de ir a buscarla, de momento podrá mirar los dibujos.