Heidi
Heidi La señorita Rottenmeier hubiese querido añadir algunas observaciones, pero la señora Sesemann le había vuelto ya la espalda y se dirigía a su habitación. Que Heidi tuviera tantas limitaciones le había intrigado mucho y había decidido examinar el asunto. Sin embargo no quería interrogar al profesor, al que, naturalmente estimaba mucho, pero a quien esquivaba para no enfrascarse en una conversación con él, ya que difícilmente soportaba su rara manera de expresarse.
Heidi compareció ante la abuela y abrió mucho los ojos al ver las magníficas ilustraciones de los grandes libros que ésta había traído. De pronto dio un grito; la anciana señora acababa de dar la vuelta a una hoja y la mirada de Heidi quedó fija sobre la nueva ilustración. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la niña prorrumpió en amargo llanto. La abuela miró la imagen. Representaba una magnífica pradera verde donde pacían toda clase de animales; en medio de ellos el pastor, apoyado en un largo bastón, contemplaba su rebaño. Todo el cuadro parecía bañado por los reflejos dorados del sol que desaparecía en el horizonte.
La abuela cogió la mano de Heidi.