Heidi
Heidi En efecto, Heidi estaba sentada al lado de Clara y le leÃa un cuento. La niña misma parecÃa sorprendida de lo que le sucedÃa e impaciente por adentrarse en aquel nuevo mundo que se abrÃa ante ella, ahora que las negras letras se animaban para convertirse en seres y cosas y contaban historias apasionantes.
Por la noche, al sentarse a la mesa, Heidi encontró sobre su plato el gran libro con las hermosas láminas. Elevó hacia la abuela una mirada interrogante y la anciana le respondió con una sonrisa.
—SÃ, ahora es tuyo.
—¿Para siempre? ¿Aun cuando vuelva a los Alpes? —preguntó Heidi, roja de alegrÃa.
—SÃ, naturalmente, para siempre. Mañana empezaremos a leerlo.
—Pero tú no volverás a los Alpes, todavÃa, ¿verdad? Hasta dentro de unos años —exclamó Clara— debes quedarte conmigo para que no esté tan sola cuando la abuelita se marche.