Heidi

Heidi

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Las lágrimas habíanse asomado, en efecto, a los ojos azules de la niña, por más esfuerzos que ésta hacía para reprimirlas. Sabía que a su padre no le gustaba verla llorar, pero era difícil contenerse al ver que todo se había terminado, que ya no haría el viaje en que había pensado todo el verano y cuya próxima realización había sido la única alegría de su vida solitaria y triste. Sin embargo, Clara no tenía por costumbre enojarse con su padre; sabía muy bien que sólo le negaba aquello que podría perjudicarla; trató, pues, de reprimir las lágrimas y de conformarse con la única esperanza que le quedaba. Cogió la mano de su amigo el doctor y, acariciándosela, le dijo muy animada:

—Sí, sí, querido doctor, vaya usted a ver a Heidi y vuelva pronto para contarme cómo está y qué hace allá arriba en la montaña, qué hace su abuelo y Pedro, y las cabras. ¡Los conozco a todos tan bien! Además, usted se llevará el paquete que quiero enviar a Heidi; ya sé lo que pondré para ella y también para la abuelita de Pedro. ¡Oh, querido amigo, vaya usted, se lo ruego! Y le prometo, en cambio, tomar tanto aceite de hígado de bacalao como usted quiera.

No es posible saber si este último argumento decidió el asunto, pero es de creerlo, porque el doctor dijo sonriendo:


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