Heidi

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Los domésticos tienen frecuentemente un don muy particular para enterarse de lo que pasa en casa de sus amos mucho tiempo antes de que éstos les digan una palabra. Sebastián y Tinette debían de tener este don en un grado muy elevado, porque, en el momento en que el doctor, acompañado de Sebastián, bajaba la escalera, Tinette entró en la estancia de Clara, acudiendo a su llamada.

—Vaya usted a llenar esta cajita de aquellos pasteles y dulces como los que hemos tomado por la tarde a la hora del café, Tinette —dijo Clara señalando una caja que desde hacía tiempo tenía preparada para ello.

Tinette cogió el objeto por un canto y lo balanceaba entre dos dedos con aire desdeñoso. Llegada a la puerta, se permitió una observación impertinente:

—¡Como si valiera la pena! —dijo.

En cuanto a Sebastián, después de abrir la puerta de la calle con su acostumbrada cortesía, dijo, inclinándose:

—Si el doctor quisiera tener la bondad de dar también a la pequeña señorita recuerdos de Sebastián…

—¡Ah, caramba! —respondió el doctor afablemente—, de modo que, Sebastián, ¿usted ya sabe que voy a hacer un viaje?

Sebastián tuvo un ligero acceso de tos.


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