Heidi

Heidi

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Heidi fue corriendo hacia los abetos y se puso a saltar alegremente debajo de las inquietas ramas dando gritos de alegría a cada nueva ráfaga, a cada nuevo aullido del viento.

Mientras, el abuelo había ido al establo y lo abrió para que saliesen Diana y Blanquita, sus dos cabras; se puso a asearlas debidamente para que estuviesen preparadas a subir, como todos los días, a los pasturajes, y las llevó después a la puerta de la cabaña. Al ver a sus dos amigas, Heidi acudió corriendo y, abrazándolas por el cuello, les dio los buenos días. Las cabritas respondieron con alegres balidos; cada una de ellas quería demostrar mejor que la otra su cariño por Heidi, frotando la cabeza contra el cuerpo de la niña y apretándola cada vez más hasta que parecía que iba a quedar aplastada entre los dos animalitos. Mas Heidi no tenía miedo, porque, aun cuando Diana la empujaba fuertemente y le daba golpes con la cabeza, no tenía más que decirle: «No, Diana, no hagas eso, porque te pareces al Gran Turco», y en seguida la cabra se retiraba y tomaba un aire más amable, mientras que Blanquita erguía la cabeza con un movimiento lleno de dignidad, como si quisiera decir: «A mí sí que no han de decirme que me parezco al Gran Turco», y es que la cabrita blanca tenía mucha más distinción que su compañera.


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