Heidi

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—Pueden visitar al Viejo —repuso Pedro de mal humor.

En aquel instante se oyó la recia voz del Viejo, que se hallaba junto a la puerta de la cabaña:

—¿Por qué no se pone el ejército en marcha? ¿Quién tiene la culpa, el general o la tropa?

Pedro dio inmediatamente la vuelta e hizo sonar fuertemente el látigo. Las cabras, que conocían aquella señal se pusieron en marcha y, seguidas de Pedro, galoparon en dirección a los campos de pastos.

Heidi, desde que había vuelto al lado de su abuelo, pensaba en cosas que antes no se le ocurrían. Así, hacíase ella misma la cama, no sin que le costara gran trabajo arreglar con sus manecitas las mantas e igualar el heno. Luego ponía orden en la cabaña, colocaba las sillas y taburetes en su sitio, recogía las cosas dispersas y las metía en el armario. Después tomaba un trapo y frotaba la mesa hasta que quedaba muy pulida. Y más tarde entraba el abuelo, contemplaba la obra de la niña con gran satisfacción y decía:

—En nuestra casita siempre parece domingo. No en balde ha estado Heidi en la ciudad.


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