Heidi

Heidi

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También aquel día, después de marcharse Pedro con sus cabras y después de haberse desayunado en compañía de su abuelo, la niña se puso a trabajar; pero le costó mucho terminar. A cada momento interrumpía su labor para correr afuera porque le parecía que aquella mañana era más bella que ninguna. Y cuando los alegres rayos del sol penetraron por la ventana y parecían decirle: «Sal, Heidi, sal», la niña no pudo resistir la invitación, dejó su trabajo y salió para contemplar la gloria del sol. La casa, las montañas y los valles resplandecían a la luz solar, y el suelo de la pendiente se le mostraba tan dorado y seco, que Heidi se dijo que era bueno sentarse allí y contemplarlo. Así lo hizo, mas a poco recordó que el taburete aún estaba en medio de la cabaña y que la mesa no había sido limpiada después del desayuno. Rápidamente se puso en pie y volvió a la cabaña. Mas no tardó en advertir que los viejos abetos susurraban más fuerte que nunca, movidos por el viento, y el ritmo se le metió en el cuerpo; la niña volvió a salir para brincar un rato debajo de los árboles al son del rumor de las ramas.

El abuelo, entre tanto, habíase puesto a trabajar en el cobertizo detrás de la casa y de cuando en cuando salía para contemplar sonriendo cómo saltaba su nieta. Así acababa de hacerlo otra vez y había vuelto al cobertizo, cuando, de pronto, sonó el grito de Heidi:

—¡Abuelo! ¡Abuelito! ¡Ven, ven!


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