Heidi
Heidi —Ahora, Heidi, ve a buscar lo que hace falta para comer —dijo—. El señor doctor habrá de contentarse con lo que podemos ofrecerle, y si nuestra cocina es sencilla, el comedor, por lo menos, es una cosa que se puede ver.
—Soy de la misma opinión —repuso el doctor, mirando hacia el valle inundado de sol—, y acepto gustoso la invitación. Aquà arriba la comida ha de saber bien.
Heidi iba y venÃa, ágil como una ardilla, y llevó todo lo que encontraba en el armario, porque, para ella, era una gran alegrÃa poder ofrecer hospitalidad al doctor. El abuelo, mientras tanto, preparó la colación y no tardó en salir de la cabaña con la cacerola de leche caliente y el queso tostado de color de oro. Luego cortó largas y delgadas lonjas de carne de un color rojo, que él mismo se encargaba de secar al aire. El doctor halló la comida tan excelente que declaró con entusiasmo que en todo el año no habÃa comido tan bien.
—SÃ, sÃ, es preciso que nuestra Clara venga sin falta. Aquà puede adquirir nuevas fuerzas y, si come durante una temporada como acabo de comer yo, se pondrá robusta y lozana como no lo ha estado en su vida.