Heidi
Heidi En aquel momento apareció en el sendero del valle un hombre que llevaba un gran fardo. Cuando llegó delante de la cabaña, se detuvo jadeante, dejó caer su carga en tierra y aspiró anhelante el aire fresco de la montaña.
—¡Ah, ya está aquà lo que ha venido conmigo desde Francfort! —exclamó el doctor, y se levantó para conducir a Heidi cerca del fardo.
Comenzó a deshacerlo y, cuando hubo quitado el primer envoltorio, que era el más grueso, dijo:
—Ahora, pequeña, te toca a ti continuar la obra. Saca tú misma tus tesoros.
Heidi obedeció y, a medida que el fardo se deshacÃa, contemplaba con ojos asombrados el contenido. El doctor se acercó de nuevo y, quitando la tapa de la caja grande, enseñó a Heidi lo que habÃa dentro, diciendo:
—¡FÃjate en lo que hay aquà para que la abuela lo tome con su café!
Sólo entonces recobró la niña el habla y exclamó fuera de sà de alegrÃa:
—¡Oh, ahora la abuelita podrá también comer pasteles!