Heidi
Heidi Y se puso a saltar y a brincar alrededor de la caja; quería a todo trance volver a hacer el paquete para llevarlo todo a la choza de la abuela de Pedro. Pero el Viejo se opuso y decidió que iría más tarde, hacia el atardecer, cuando acompañasen al doctor. Heidi volvió a la obra; no tardó en descubrir el saquito de tabaco y lo llevó en seguida al abuelo, el cual se mostró muy satisfecho y en seguida llenó su pipa con parte del regalo. Luego, los dos hombres, sentados en el banco y lanzando ambos grandes nubes de humo, empezaron una animada conversación, mientras Heidi iba y venía sin cesar de uno a otro de sus tesoros. De pronto se dirigió a los interlocutores, se colocó delante de su amigo y, cuando advirtió una pausa en la conversación, declaró en tono perentorio:
—No, eso no me ha causado más alegría que la llegada de mi amigo el doctor.
Los dos hombres no pudieron menos de echarse a reír, y el doctor aseguró muy formalmente que no lo hubiese creído.