Heidi
Heidi Cuando el sol estaba a punto de desaparecer detrás de las altas cumbres de las montañas, el visitante se levantó para descender a Dörfli, donde había decidido buscarse alojamiento. El abuelo tomó la caja de los pasteles debajo del brazo, así como el enorme salchichón y el chal, mientras que Heidi se cogió de la mano de su amigo, y así bajaron los tres hasta la choza de Pedro, el cabrero, donde se despidieron. Heidi debía entrar a ver a la abuela y allí esperaría el regreso del Viejo, que quería acompañar al doctor hasta Dörfli. Cuando el doctor tendió la mano a la niña para despedirse de ella, Heidi le dijo:
—¿Le gustaría subir mañana a los prados, con las cabritas?
—Muy bien, Heidi, iremos juntos —respondió aquél.
Los dos hombres continuaron su camino y Heidi entró en la choza de la abuela. Primero llevó allí, no sin grandes fatigas, la enorme caja de pasteles; luego se vio obligada a volver a salir, porque el abuelo había colocado las cosas delante de la puerta, para buscar el salchichón y el chal. Llevó las tres cosas lo más cerca posible de la abuela para que ésta pudiera tocarlas con la mano y darse cuenta de lo que eran. En cuanto al chal, ella misma se lo colocó sobre las rodillas.