Heidi
Heidi —Todo esto viene de Francfort, de parte de Clara y de su abuela —explicó a la asombrada anciana y a BrÃgida, a quien la sorpresa habÃa paralizado brazos y piernas y estaba mirando, sin moverse, cómo se esforzaba Heidi por entrar aquellos grandes objetos.
—Pero ¿verdad, abuelita, que los pasteles te gustan mucho? Tócalos y verás qué tiernos son —decÃa la niña.
—SÃ, sÃ, Heidi —respondió la anciana—. ¡Qué personas tan amables! —Y pasando nuevamente la mano sobre el suave tejido del chal, dijo—: ¡Esto sà que es una cosa preciosa para el invierno! ¡Jamás en la vida hubiera creÃdo que yo iba a poseer una cosa tan maravillosa!
Heidi, sin embargo, extrañaba grandemente que la abuela He alegrase más por el chal que por los pasteles. BrÃgida seguÃa admirando el salchichón gigantesco, y lo miraba con cierto respeto. No habÃa visto nunca un embutido de aquel tamaño. ¿Era verdaderamente suyo? ¿PodrÃa ella cortarlo? Tal ventura le parecÃa increÃble. Y movÃa la cabeza expresando sus dudas al decir:
—Será necesario preguntar al Viejo qué significa esto.
Pero Heidi respondió sin vacilación:
—Esto no significa otra cosa sino que se ha de comer.