Heidi

Heidi

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En aquel momento entró Pedro en la cabaña, tropezando, como siempre, con todo.

—El Viejo sube detrás de mí y Heidi ha de…

No pudo continuar. Su mirada había caído sobre la mesa y, a la vista del salchichón, se sobrecogió de tal modo que no encontraba palabras que decir. No obstante, Heidi había entendido el mensaje inacabado y se dio prisa en despedirse de la abuela.

Sin embargo, el Viejo ya no pasaba, como antes, por delante de la choza sin entrar a saludar a la anciana; a ésta le gustaba oír el paso de aquél, porque siempre le decía algunas frases de consuelo. Mas aquella noche se hacía tarde para Heidi, que siempre se levantaba al rayar el alba, y el abuelo, decidido a que a la niña no le faltara el descanso, se limitó a llamarla desde la puerta, deseando a la anciana que pasara buena noche. Luego cogió a Heidi de la mano, cuando ésta se acercó saltando como siempre, y así caminaron los dos amparados por el firmamento lleno de estrellas, hacia la apacible cabaña.



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