Heidi

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Y como Blancanieves no cesaba de frotar la cabeza contra Heidi, ésta le pasó la mano suavemente sobre el dorso y le recomendó que fuera muy obediente. Después se abrió camino para salir de entre las cabras y se colocó al lado del doctor, el cual la cogió de la mano. Esta vez no tuvo necesidad de buscar un tema que le sirviera de conversación, porque Heidi comenzó inmediatamente a charlar alegremente. Tenía tantas cosas que contarle al buen doctor acerca de las cabritas y de sus excentricidades, sobre las flores, las rocas, los pajaritos, que el tiempo pasó sin que se dieran cuenta y pronto se hallaron en el campo donde las cabras solían pacer. Durante la subida, Pedro había lanzado al doctor constantemente miradas de soslayo, tan furiosas, que bien hubieran podido causarle miedo, pero afortunadamente no las había advertido.

Heidi condujo a su amigo al sitio donde ella solía sentarse para contemplar las montañas y el valle, sitio que prefería a todos los demás. Allí se sentó, como de costumbre, y el doctor se colocó a su lado, sentándose también sobre la soleada hierba del prado.





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