Heidi
Heidi La radiante luz de una mañana de otoño envolvía con sus rayos de oro las cimas de la montaña y el gran valle verdeante. De los prados situados en planos más bajos subía el tintineo de las campanitas de los rebaños, cuyo dulce sonido daba una impresión de bienestar y de paz. Enfrente brillaban con mil destellos las grandes sábanas de nieve, y el Falkner elevaba su masa de roca grisácea y majestuosa hasta el mismo azul del cielo. La brisa de la mañana, fresca y deliciosa, mecía suavemente las últimas campanillas que quedaban entre la hierba y que parecían mover gozosas sus corolas al calor del sol. Sobre ellos se cernía el ave de rapiña describiendo grandes círculos, pero aquel día no gritaba, sino que, con las alas extendidas, volaba con lentitud a través del espacio azulado. Heidi giraba la vista en torno y contemplaba con alegría el cielo azul, los rayos del sol y el feliz pájaro en los aires. Todo era tan bello, tan hermoso, que los ojos de la niña se llenaban de felicidad. Se volvió hacia su amigo para asegurarse de que también él veía todas aquellas cosas. El doctor había permanecido hasta entonces silencioso y pensativo, mas cuando vio los ojos radiantes de alegría de la niña, dijo:
—Sí, Heidi, aquí arriba se podría estar muy bien. Mas si se tiene el corazón lleno de tristeza, ¿cómo se ha de hacer para gozar de tanta belleza?