Heidi

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—¡Oh, oh! —exclamó Heidi alegremente—, aquí no se tiene nunca el corazón triste, eso sólo sucede en Francfort.

En el rostro del doctor apareció una sonrisa fugaz.

—Y si uno viene de Francfort —dijo— y trae la tristeza consigo a estas montañas, ¿qué remedio propondrías, Heidi?

—Pues no hay más que decírselo a Dios Nuestro Señor cuando uno no sabe qué hacer —respondió ella con confianza.

—Sí, hija mía, tu idea es excelente —repuso el doctor—, pero cuando ha sido Él quien nos ha enviado lo que nos entristece y nos hace infelices, ¿qué se le puede decir a Dios?

Esta pregunta hizo reflexionar a Heidi, mas como ella estaba plenamente convencida de que Dios nos ayuda en todas nuestras tribulaciones, buscó la respuesta en algún hecho que lo sucediera a ella misma.

—Entonces es preciso esperar —dijo al fin con aplomo— y pensar siempre: «Dios sabe ya qué alegría me mandará después de esta tristeza mía». Debemos tener siempre paciencia y no desesperar jamás. Porque de pronto sucede algo y nos damos cuenta de que Dios ha tenido siempre algo bueno reservado para nosotros. Pero cuando uno se empeña en no ver sino las cosas por el lado triste, parece que todo haya de ser siempre así.


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