Heidi

Heidi

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—Acabas de decir una gran verdad, querida Heidi; no te olvides nunca de ella —dijo el doctor.

Durante algún tiempo, el doctor siguió contemplando en silencio las formidables masas de rocas que les rodeaban por todas partes y el verde valle iluminado por el sol; luego prosiguió:

—Mira, Heidi; se puede estar sentado aquí en este mismo sitio y tener sobre los ojos un espeso velo a través del cual no penetra toda esta belleza que ves. Entonces el corazón se entristece más todavía, puesto que todo es tan hermoso. ¿Tú comprendes esto?

Al oír tales palabras, Heidi sintió una impresión dolorosa en el corazón. Aquel velo espeso sobre los ojos, del que hablaba el doctor, le recordaba a la abuela de Pedro, que no podía ver el sol ni todas las demás cosas bellas que había en el mundo. Era el suyo un dolor que se despertaba con gran fuerza en su corazón cada vez que le acudía esta idea. Esta vez el recuerdo la había sorprendido en plena alegría, por lo que se quedó un momento sin hablar. Mas al fin respondió gravemente:

—Sí, lo comprendo. Pero ya sé qué hay que hacer entonces: es necesario repetir las canciones de la abuela, que hacen que uno vea otra vez claramente; a veces, tan claramente, que uno se vuelve otra vez alegre; lo sé porque así me lo ha dicho la abuela.

—¿Qué canciones son ésas, Heidi? —preguntó el doctor.


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