Heidi
Heidi —Yo conozco solamente aquella del sol y del hermoso jardÃn; sé también cuáles son las estrofas que le gustan más a la abuelita, porque siempre me las hace leer tres veces seguidas.
—Muy bien, dime pues esas estrofas; me gustarÃa escucharlas —contestó el doctor, incorporándose para oÃr mejor.
La niña juntó las manos y, después de haber reflexionado un instante, preguntó:
—¿He de empezar allà donde la abuelita dice que eso le llena el corazón de nueva confianza?
El doctor hizo una señal de afirmación. Heidi empezó:
Deja, deja sin temor que obre, rija y gobierne la santa voluntad del que todo lo puede. Cuando llegue la hora del bienestar celeste, comprenderás su amor, si ahora no lo comprendes.
Acaso tarde en darte el alivio que quieras y a tus gritos de angustia atención no preste. Sin mostrarnos el rostro y rehuyéndonos siempre, sus auxilios benditos que nos niegue parece.
Mas resiste la prueba y fiel a Él permanece, que al fin su dulce mano verás cómo te tiende descargando tu pecho del dolor que ahora siente y llenando tu alma de una paz celeste.