Heidi
Heidi Heidi se detuvo de pronto porque no estaba muy segura de que el doctor la hubiese escuchado hasta el final. Éste se había puesto las manos delante de los ojos y permanecía así sin hacer el más ligero movimiento. La niña se dijo, al verlo de aquel modo, que bien podría ser que su amigo se hubiese quedado dormido y que si al despertar deseaba oír otras estrofas de la canción no tendría sino que recitárselas otra vez.
Todo era silencio a su alrededor. El doctor no decía nada, pero tampoco dormía. La voz de la niña había despertado en él el recuerdo de un pasado muy lejano. Veíase nuevamente de niño al lado del sillón de su madre; ésta lo rodeaba con un brazo y le decía la canción cuyas estrofas Heidi acababa de recitar, canción que él no había escuchado desde hacía mucho tiempo. Creía escuchar la voz de su madre, vio que sus ojos se posaban en él con ternura; cuando cesó la niña de recitar, el buen señor oyó como si la voz amada de su madre le murmurase al oído las palabras de aquel lejano pasado. Mucho debía agradarle escuchar aquellas palabras, y recordarlas en su memoria, porque siguió un largo rato así, inmóvil, el rostro oculto entre las manos. Cuando, al fin, salió de su ensimismamiento, vio que Heidi lo contemplaba con mirada de sorpresa. El doctor cogió las manos de la niña entre las suyas.