Heidi
Heidi —Heidi, la canción que me has recitado es muy hermosa —dijo con acento más alegre que antes—. Volveremos aquà muchas veces y me la recitarás de nuevo.
Durante aquel tiempo, Pedro habÃa tenido bastante trabajo en dar rienda suelta a su indignación. HacÃa muchos dÃas que Heidi no habÃa venido con él a los campos de pastos y, ahora que por fin estaba allÃ, ese señor de la ciudad permanecÃa todo el tiempo a su lado, y él no podÃa acercársele. Su despecho era grande. Se aproximó por detrás y se detuvo a alguna distancia del doctor, el cual no podÃa verlo y no se daba cuenta de nada; Pedro levantó hacia él un puño agresivo, luego los dos, y cuanto más tiempo permanecÃa Heidi al lado de su amigo, más terribles eran las señales que Pedro enviaba a éste con los puños cerrados.
Mientras tanto, el sol habÃa alcanzado en el cielo la altura que indica la llegada del momento de comer, y Pedro, que conocÃa muy bien la hora por la situación del sol, exclamó con todas su fuerzas:
—¡La hora de comer!