Heidi

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En su vida había Pedro cumplido una orden con la presteza con que realizó la que Heidi acababa de darle; mientras ordeñaba la cabra, no pensaba más que en el contenido del saco de provisiones, que aún no conocía. Cuando sus compañeros se hallaban ocupados en beber tranquilamente los sendos vasos de leche, el pastorcillo abrió el saco y examinó el contenido con rápida y ávida mirada; al ver el gran trozo de carne seca, un estremecimiento de alegría le recorrió el cuerpo y tuvo que asegurarse con otra mirada de que no se había equivocado. Luego hundió la mano en el saco para extraer el trozo apetecido. Mas, de pronto, la retiró como si sintiera que le estaba prohibido hacer lo que pensaba. Había recordado que, no hacía mucho, estaba detrás del señor doctor amenazándolo con los puños, y ahora el amenazado le regalaba la maravillosa comida destinada para sí. Pedro se arrepintió de su proceder, pues tenía la impresión de que aquel hecho le impedía tomar el magnífico regalo y saborearlo. Súbitamente dio un salto y volvió corriendo al sitio donde antes estuviera sentado. Una vez allí, levantó ambas manos en alto, bien abiertas, como indicando que la amenaza de los puños cerrados no había de valer; así permaneció largo rato hasta que tuvo la sensación de que el mal ya quedaba reparado. Después volvió brincando hacia el sitio donde dejara el saco de las provisiones y, con la conciencia tranquila, se entregó de corazón a disfrutar de tan excepcional comida que la suerte le había deparado.


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