Heidi

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El doctor y Heidi se habían paseado largo tiempo por la montaña, entreteniéndose admirablemente, hasta que el primero advirtió que había llegado ya el momento de descender al valle. Expresó el convencimiento de que su pequeña amiga desearía sin duda quedarse el resto de la tarde con Pedro y las cabras. Mas Heidi dijo que no pensaba hacer tal cosa, porque entonces el señor doctor tendría que descender la montaña completamente solo. La niña se empeñó en acompañarlo hasta la cabaña de su abuelo, y quizás un poco más lejos. De aquí que los dos partieran cogidos de la mano; Heidi contaba a su amigo mil cosas divertidas y le señalaba los sitios en que las cabritas preferían pacer, donde en verano crecían los dientes de león, las blancas mayas, las rojas amapolas y otras muchas flores. Heidi conocía todos sus nombres porque el abuelito se los había hecho aprender. Al fin el doctor declaró que había llegado el momento de separarse. Muy cariñosamente se despidió de la niña y continuó su camino por la pendiente del valle. De tiempo en tiempo se volvía y siempre veía a Heidi en el mismo sitio, siguiéndole con la mirada y haciéndole señas con la mano, como en otro tiempo hacía su propia hija querida, cuando su padre salía de casa.




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