Heidi
Heidi Era un mes de septiembre dulce y lleno de sol. Todas las mañanas subía el doctor hasta la cabaña y desde allí emprendían, casi inmediatamente, bellas excursiones. Frecuentemente le acompañaba el Viejo de los Alpes, y los dos subían mucho más alto todavía, hasta las cimas rocosas donde se balanceaban los viejos pinos batidos por el viento y en cuya vecindad debía de tener su nido el ave de rapiña, pues volaba muchas veces gritando sobre sus cabezas.
Hallaba el doctor muy grata la conversación de su guía y no salía de su asombro al advertir la exactitud con que el Viejo conocía todas las plantas y hierbas de aquellos contornos. En todas partes sabía encontrar cosas útiles y de todo sacaba partido: de los abetos resinosos, de las agujas olorosas de los pinos, del musgo rizado que crecía entre las raíces viejas de los árboles, de todas las plantas, al parecer insignificantes, y de las finas hierbas que daba aquel fértil suelo de las altas montañas.