Heidi
Heidi Del mismo modo conocía el Viejo de los Alpes la vida y las costumbres de los animales pequeños y grandes que había en la montaña y contaba al doctor las cosas más divertidas acerca de aquellos habitantes de las rocas, de las cavernas y de los pinos y abetos. Durante tales excursiones, el tiempo transcurría rápidamente para el doctor, y muchas veces, llegada la noche, cuando se despedía del abuelo de Heidi con un cordial apretón de manos, le repetía lo que ya había dicho otras veces:
—Querido amigo, nunca me separo de usted sin haber aprendido algo nuevo.
Otras veces, sin embargo, y generalmente los días más hermosos, el doctor prefería pasearse con Heidi. Iban entonces a establecerse en la pradera de los campos de pastos donde pasaron el primer día. Heidi repitió al doctor las canciones que tanto le gustaba oír, mientras que Pedro, a cierta distancia de ellos, permanecía silencioso, pero completamente apaciguado y tranquilo; ya no soñaba en amenazar con los puños cerrados al señor doctor.