Heidi

Heidi

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Así transcurrió aquel hermoso mes de septiembre. Una mañana el doctor llegó a la cabaña con el semblante menos alegre que otras veces: era aquél su último día en la montaña —dijo—, porque se veía obligado a regresar a Francfort, cosa que le causaba un gran pesar, puesto que había cobrado cariño a los Alpes. Esta noticia causó también pena al Viejo, porque había disfrutado mucho con la sociedad del doctor. En cuanto a Heidi, se había acostumbrado ya de tal modo a ver todos los días a su querido y bondadoso amigo, que no quería admitir que esta costumbre había de terminar tan súbitamente. Elevó hacia él una mirada inquieta e interrogante, mas en seguida se dio cuenta de que era verdad. El doctor se despidió afablemente del Viejo de los Alpes y preguntó a Heidi si quería acompañarle un poco montaña abajo. Heidi descendió, pues, con él, cogida de su mano, el largo sendero, y no quería creer que su amigo partía de veras. Al cabo de un rato, el doctor se detuvo, dijo a Heidi que ya le había acompañado bastante lejos y que era hora de que volviera a subir. Pasó la mano suavemente y repetidas veces sobre la rizada cabellera de la niña.

—Ahora, Heidi, es preciso que me vaya —dijo—. ¡Ojalá pudiera yo llevarte conmigo y tenerte a mi lado en Francfort!


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