Heidi
Heidi Heidi obedeció. El viejo abrió la puerta y la niña entró con él en una habitación bastante grande que ocupaba todo el ancho de la casa. Vio una mesa y una silla; en un rincón, la cama del abuelo, en el otro, una gran caldera colgada en el hogar. En la pared opuesta había una puerta, el abuelo la abrió: era un armario de pared. Su ropa estaba colgada dentro; sobre uno de los tableros se veían algunas camisas, calcetines y pañuelos; en otro, platos, tazas y vasos y en el tablero más alto, un pan redondo, carne ahumada y queso. De hecho, el armario contenía todo lo que el abuelo poseía y necesitaba para vivir.
Cuando el abuelo abrió el armario, Heidi acudió corriendo y puso la ropa en el fondo, detrás de la ropa del abuelo, donde no sería fácil encontrarla. Luego examinó con atención toda la habitación y preguntó:
—¿Dónde voy a dormir yo, abuelo?
—Donde quieras —respondió éste.
Era todo cuanto ella deseaba saber, y buscó con la mirada el mejor sitio donde poder dormir. Cerca del rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera apoyada contra la pared; Heidi subió y encontró un montón de perfumado heno. Por un pequeño tragaluz se podía ver todo el valle.
—Aquí quiero dormir —gritó Heidi—. ¡Qué bonito! ¡Ven a ver lo bonito que es, abuelo!
—Ya lo sé —contestó el viejo.