Heidi

Heidi

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—Voy a hacerme la cama —añadió la niña, corriendo de un lado para otro—, pero tendrás que subir para traerme una sábana, porque en una cama se pone una sábana, y encima de ella se duerme.

—Está bien, está bien —dijo el abuelo, y se dirigió al armario.

Después de revolver un poco en él, extrajo, de debajo de sus camisas, un gran trozo de tela basta que podría servir de sábana. Con él subió la escalera y vio el lecho que Heidi se había preparado. La niña había amontonado más heno en la parte de la cabecera y lo había orientado de forma que, echada, pudiera ver la ventana.

—Está muy bien —dijo el abuelo—; ahora pondremos la sábana, pero antes…

Y diciendo esto, cogió un montón de heno y dobló el espesor del lecho para que la niña no notara la dureza del suelo.

—Ahora, toma la sábana.

Heidi cogió rápidamente la tela. Era tan gruesa y pesada que pudo apenas sostenerla, pero le venía muy bien porque así los tallos de heno no podrían atravesarla y no pincharían. Su abuelo le ayudó a extender la tela. El conjunto tenía buen aspecto y Heidi se puso delante para contemplar su obra pensativamente.

—Nos hemos olvidado algo, abuelo —dijo.

—¿Qué es? —preguntó éste.


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