Heidi

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Pedro salió por la ventana —pues la puerta se hallaba definitivamente obstruida por la nieve helada—; arrastraba tras de sí su trineo, en el cual montó y se lanzó por la pendiente. Iba como un rayo y, cuando llegó cerca de Dörfli, desde donde la pendiente se prolongaba hasta la ciudad de Mayenfeld, el muchacho no se detuvo, sino que continuó el viaje en trineo porque creyó que sería peligroso hacer un esfuerzo para detener el vehículo. Descendió, pues, hasta el llano, donde el vehículo se detuvo por sí solo. Pedro se puso en pie y miró en torno suyo. La fuerza de impulsión de la bajada lo había llevado más allá de Mayenfeld, y para subir a Dörfli, necesitaba, cuando menos, una hora. Pedro se dijo entonces que, en todo caso, llegaría tarde a la escuela, porque ya habría empezado la clase, y que podía muy bien tomarse todo el tiempo para desandar el camino. Así lo hizo y llegó a Dörfli precisamente cuando Heidi, de regreso de la escuela, se sentaba a la mesa para comer con su abuelo. Pedro entró. Le obsesionaba aquella vez una idea y sentía la necesidad de expresarla a su amiguita.

—Ya está presa —dijo, deteniéndose en medio de la habitación.

—¿Quién, general? ¿Sabes que te expresas en un tono muy guerrero? —exclamó el Viejo de los Alpes.

—La nieve —contestó Pedro.


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