Heidi

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—¡Oh, qué bien! Ahora podré subir a ver a la abuela —gritó alegremente Heidi, que había comprendido inmediatamente el modo de expresarse que tenía Pedro—. Pero ¿por qué no has ido a la escuela? Bien hubieras podido bajar en el trineo —añadió en tono de reproche, porque opinaba que no estaba bien faltar al colegio cuando era posible ir.

—He bajado en el trineo hasta Mayenfeld y entonces era ya tarde —respondió Pedro.

—Eso se llama desertar, muchacho —dijo el Viejo—, y los desertores merecen un buen tirón de orejas, ¿has entendido?

Pedro, muy asustado, daba vueltas a la gorra, porque no había en el mundo un hombre que le inspirase más respeto que el Viejo de los Alpes.

—Un jefe de ejército como tú, había de sentirse doblemente avergonzado desertando —continuó el abuelo—. Dime: si el mejor día tus cabritas se escapasen cada una por su lado y no quisieran obedecer a tus gritos, ¿qué harías entonces?

—Les pegaría —respondió Pedro con conocimiento de causa.

—Y si un muchacho se portase como una cabrita díscola y le pegasen, ¿qué dirías?

—¡Que lo tenía bien merecido!


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