Heidi
Heidi —Pues bien, recuerda lo que voy a decirte: si vuelves a pasar en tu trineo por delante de la puerta del colegio sin apearte y entrar, no tienes más que pasar por esta casa para recibir lo que te corresponde.
Pedro comprendió la advertencia y vio que era él el muchacho desobediente como una cabrita. Le aterró la analogía y giró la mirada en torno suyo para ver si descubría el instrumento de castigo que, en semejantes casos, se empleaba para las cabras. Pero el abuelito continuó hablando, esta vez en tono más afectuoso:
—Y ahora, vente a la mesa y come con nosotros. Heidi subirá luego contigo. Esta noche, cuando vuelva, la acompañarás y cenarás con nosotros.
La inesperada solución pareció a Pedro una verdadera maravilla e hizo una mueca que se extendió por todo su rostro, tal fue la satisfacción que sintió. Obedeció sin tardanza y se sentó al lado de Heidi. Ésta había empezado ya a comer, y la alegría le impidió continuar; así, pues, puso su plato con una enorme patata y un trozo de queso tostado delante de Pedro, que ya había recibido también del abuelo otra gran porción y se hallaba así delante de una verdadera muralla de comida. Pero a Pedro nunca le faltaba valor para atreverse con ella, por mucha que fuera.