Heidi
Heidi Heidi se levantó y se dirigió al armario, del que sacó el mantón de Clara. Envuelta en tan buen abrigo, tocada la cabeza con la capucha, podía emprender ya sin temor la expedición montaña arriba. Se colocó frente a Pedro, lo observó atentamente y cuando el muchacho hubo comido el último bocado, exclamó:
—Ahora, ¡vámonos!
Y se pusieron en camino.
Heidi tenía muchas cosas que comunicar a Pedro sobre Diana y Blanquita. Le contó que el primer día ninguna de las dos había querido comer en su nuevo establo, que hasta la noche habían permanecido con la cabeza baja, sin exhalar el menor balido. Heidi había preguntado entonces al abuelito por qué las cabras se portaban de aquel modo, y él contestó que les pasaba lo mismo que le pasó a Heidi cuando se hallaba en Francfort, porque también era la primera vez que los dos animalitos habían salido de la montaña donde se criaron.
Y Heidi añadió:
—¡Oh, si supieses, Pedro, la pena que da eso!
Los dos niños casi habían llegado arriba sin que Pedro hubiese abierto la boca; parecía estar sumido en profundos pensamientos y que éstos le impidiesen escuchar con la atención acostumbrada en otros casos. Al llegar ante la puerta de la cabaña, se detuvo y dijo con rudeza: