Heidi
Heidi —¡Entonces prefiero ir a la escuela que entrar en casa del Viejo para que me dé lo que ha dicho!
Heidi fue del mismo parecer y procuró que Pedro se afirmase en la decisión tomada.
Cuando entraron en la choza no encontraron más que a la madre de Pedro ocupada en sus acostumbrados trabajos caseros; ésta explicó a Heidi que la abuelita se veÃa obligada a guardar cama durante los dÃas de mucho frÃo porque no podÃa resistirlo y que, además, no se encontraba muy bien. Esto era una cosa nueva para Heidi, que hasta entonces siempre habÃa visto a la anciana sentada en el mismo rincón de la salita. Fue, pues, volando hacia ella y la halló envuelta en el chal gris, en un estrecho camastro, y cubierta sólo con una colcha delgada.
—¡Dios sea loado! —exclamó la anciana al ver que Heidi se precipitaba en la habitación.