Heidi

Heidi

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Durante todo el otoño había sentido un íntimo y secreto terror que continuaba siendo su obsesión, sobre todo cuando la niña tardaba algún tiempo en venir a verla. Pedro le había contado que un señor forastero había llegado de Francfort, que iba muchas veces con ellos a los campos de pastos y que quería siempre hablar con Heidi; de aquí que la anciana no dudara de que aquel señor desconocido había venido con el único objeto de llevarse a Heidi. Hasta cuando supo que había partido solo, como llegara, le asaltaba a cada instante el temor de que de Francfort mandasen a alguien para recoger a la pequeña.

Heidi se lanzó hacia el lecho de la enferma y preguntó con solicitud:

—¿Estás muy enferma, abuelita?

—No, no, hija mía —respondió la buena anciana para tranquilizar a Heidi y acariciándola afectuosamente—. No es más que la helada, que me ha entorpecido un poco las piernas.

—Entonces, en seguida que vuelva el calor ¿te pondrás bien? —insistió Heidi, que quería saber a qué atenerse acerca de la salud de la abuelita.

—Sí, sí, y quizás antes, si Dios quiere, a fin de que pueda volver a trabajar en la rueca. Creí poder levantarme hoy un poco, y seguramente podré hacerlo mañana —contestó la abuela, con voz segura, al ver que la niña estaba inquieta.


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