Heidi
Heidi Sus palabras tranquilizaron, en efecto, a Heidi, que se habÃa asustado al ver por primera vez a la anciana enferma en cama. La contempló un momento con aire de sorpresa.
—En Francfort, la gente se pone el chal para ir de paseo —dijo al fin—. ¿Acaso has creÃdo que era para irse a la cama, abuelita?
—Verás, Heidi, lo he puesto en la cama para no tener frÃo. ¡Y estoy tan contenta de poseerlo! La colcha es un poco delgada.
—Pero abuelita, esta cama está más baja del lado donde descansa la cabeza. No es asà como una cama ha de estar.
—Bien lo sé, hija mÃa, ya me doy cuenta de que estarÃa mejor como tú dices.
La pobre anciana trató de poner la cabeza en un sitio mejor de la almohada, sin conseguirlo, porque ésta era lisa como una tabla.
—¿Ves? Esta almohada no ha estado nunca muy llena, y como duermo en ella desde hace tantos años, la he aplastado un poco.