Heidi

Heidi

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—¡Ojalá hubiera yo rogado a Clara que me diera mi cama de Francfort! —exclamó Heidi—. Había en ella tres grandes almohadones muy repletos, puestos uno encima de otro; a mí me impedían dormir, porque me deslizaba en la cama y a cada momento me veía obligada a subirme; allá en la ciudad se duerme así. ¿Podrías tú dormir de este modo, abuelita?

—Sí, ya lo creo, de esa manera se está muy abrigada, y con la cabeza alta se puede respirar más fácilmente. Pero no hablemos más de esto; ¡hay tantos viejos enfermos en el mundo que no tienen lo que yo, gracias a Dios! ¿No recibo cada día un panecillo blanco y tierno? ¿No tengo ese chal que tanto me abriga, y no vienes tú a verme siempre que puedes? No deseo más, Heidi. Y ahora, ¿quieres leerme hoy un poco?

Heidi fue corriendo a la otra habitación para buscar el libro. Recorrió rápidamente todas las bellas canciones que ahora conocía tan bien. Después de haber estado tanto tiempo sin leerlas, experimentaba una gran alegría al volver a hallar los versos que amaba. La anciana escuchaba con las manos entrelazadas; la expresión de pena en su rostro habíase trocado por una gozosa sonrisa, como si hubiera tenido una gran suerte.

Heidi se detuvo de pronto en su lectura.

—Abuelita, ¿acaso estás ya curada?

—Me hace tanto bien escucharte, Heidi, que me siento mejor; acaba esta canción, ¿quieres?


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