Heidi

Heidi

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La cabra comprendió lo que se le ordenaba y obedeció. Después Heidi echó la hierba sobre el regazo de Clara y, ésta, llena de regocijo, dijo a Heidi que podía irse a ver las flores y permanecer ausente tanto tiempo como quisiera. Nada tan delicioso para ella como quedarse sola con la cabrita. Heidi se alejó rápidamente y Clara comenzó a ofrecer a Blancanieves la hierba, brizna a brizna. La cabra se familiarizó tan pronto con la enferma que se pegó a ella y fue comiendo lentamente en su mano la hierba que ésta le daba. Se veía bien claro que se sentía feliz de poder permanecer tranquilamente y bajo una buena protección, pues hallándose entre sus compañeras estaba siempre expuesta a toda clase de persecuciones por parte del muchacho. En cuanto a Clara, le parecía encantador hallarse sentada en la montaña, sola con una tímida cabrita que tenía necesidad de su protección. En ella se despertó, de pronto, un vivo anhelo de ser libre, de poder ayudar a los demás en lugar de ser tan sólo ayudada por ellos. En su mente surgían ideas que jamás había tenido de niña, experimentaba un desconocido deseo de continuar viviendo bajo el sol y de poder hacer a alguien tan feliz como en aquel momento estaba haciendo a Blancanieves.

Un nuevo placer henchía su corazón como si advirtiera que todo podía ser más bello de lo que había sido hasta entonces; y sintió una vaga y desconocida felicidad que la movía a exclamar abrazando a Blancanieves:


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