Heidi
Heidi —¡Oh, cabrita querida, qué bello es esto! ¡Si pudiera vivir siempre aquÃ!
Entre tanto, Heidi habÃa llegado al punto donde crecÃan las flores. Lanzó un grito de alegrÃa. Toda la pendiente estaba cubierta de un tapiz de oro: era el diente de león. Debajo de éste, las campanillas de un azul intenso y un perfume exquisito y penetrante saturaban la atmósfera como si se hubiera echado incienso sobre los pastos. Este aroma era producido por las orquÃdeas silvestres, las cuales asomaban modestamente su cabecita entre las doradas corolas. Heidi contemplaba las flores y respiraba profundamente su perfume. Después, de súbito, volvió sobre sus pasos y llegó al lado de Clara sin aliento y llena de una viva excitación.
—¡Oh, es preciso que vengas! —exclamó, apenas la divisó desde lejos—. ¡Son tan bellas! PodrÃa llevarte, ¿quieres?
Clara contempló a Heidi, estupefacta, y después movió la cabeza negativamente:
—No, no, Heidi, tú eres mucho más pequeña que yo. Sin embargo, ¡si pudiera ir!