Heidi

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Así se deslizaron las horas. El sol estaba ya muy lejos del cénit cuando un grupo de cabras apareció a cierta distancia avanzando gravemente hacia la florida ladera. No era aquel su campo de pastos habitual. Nunca se las llevaba allí porque no les gustaban las flores. Parecían llegar en comisión, con Cascabel a la cabeza, y buscaban evidentemente a sus guardianes, los cuales, tan largamente y contra las leyes establecidas, las habían abandonado, pues las cabras sabían distinguir muy bien los diferentes momentos del día. Al ver en medio de las flores lo que buscaban, Cascabel baló sonoramente, mientras las otras le hacían coro, y al fin todo el tropel de cabras, balando desesperadamente, se dirigió a galope hacia las niñas. Pedro despertó entonces, pero tuvo que frotarse los ojos fuertemente, pues había soñado que el sillón estaba de nuevo ante la cabaña, más intacto que nunca y, aun despierto, había visto las tachuelas doradas brillar al sol. Pero pronto se dio cuenta de que no había tales tachuelas, sino que se trataba de las florecillas amarillas que salpicaban el césped. Al mismo tiempo, la angustia que había experimentado durante sus sueños al ver el sillón intacto, resurgió en él con más fuerza que antes. A pesar de que Heidi le prometió no decir nada al Viejo, Pedro sentía el temor de que cualquier otro lo descubriera. Así, pues, se mostró muy amable y obediente e hizo todo cuanto Heidi le ordenaba.


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