La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La marquesa Raversi estaba furiosa en su castillo de Velleja; no era en absoluto una de esas mujeres de tres al cuarto que creen vengarse haciendo circular rumores ultrajantes contra sus enemigos. Al día siguiente de su desgracia, el caballero Riscara y otros tres amigos de la marquesa se presentaron, por orden suya, ante el príncipe, y le pidieron permiso para ir a visitarla a su castillo. Su Alteza recibió a estos caballeros con amabilidad exquisita, y su llegada a Velleja supuso un gran consuelo para la marquesa. Antes de que terminase la segunda semana, tenía ya a treinta personas en su castillo, todos ellos altos cargos en la sombra del futuro gobierno liberal. Todas las noches, la marquesa reunía formalmente un consejo con sus amigos mejor informados. Un día que había recibido muchas cartas de Parma y de Bolonia, se retiró pronto. Su doncella preferida introdujo primero al amante del momento, el conde Baldi, un joven de figura admirable y banalidad extremada; después, al caballero Riscara, su predecesor; era éste un hombrecito negro, en lo físico y en lo moral, que había empezado siendo profesor ayudante de geometría en el colegio de nobles de Parma, y, por aquel entonces, había llegado a ser consejero de Estado y caballero de varias órdenes.