La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Todo el mundo felicitaba a la duquesa por la seriedad de su sobrino; en realidad, Fabricio estaba desesperado. Coincidiendo con la altísima privanza de la duquesa, al día siguiente de su liberación, a la que siguió la destitución y el destierro del general Fabio Conti, Clelia se refugió en casa de su tía, la condesa Contarini, una mujer muy rica y muy vieja que sólo se ocupaba de su salud. Aunque Clelia habría podido ver a Fabricio, cualquiera que hubiera conocido sus compromisos anteriores y que la viera actuar ahora habría podido pensar que, con los peligros de su amante, su amor por él se había terminado. Fabricio no sólo pasaba cuantas veces podía, dentro de unos límites, por delante del palacio Contarini, sino que, incluso, había conseguido, tras ímprobos esfuerzos, alquilar un pequeño apartamento frente a las ventanas del primer piso del palacio. Un día, Clelia, que atolondradamente se había asomado a la ventana para ver pasar una procesión, se apartó al instante, espantada. Había visto a Fabricio, muy pobremente vestido de negro, con ropas de obrero, mirándola desde una de las ventanas de aquel cuchitril cuyas ventanas cerraban con papel aceitado, como la celda de la torre Farnesio. A Fabricio le hubiera gustado estar convencido de que Clelia lo rehuía a causa de la desgracia de su padre, que todo el mundo atribuía a la duquesa; pero él sabía muy bien que la causa de aquel alejamiento era otra y nada podía distraerlo de su melancolía.