La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Para Fabricio supuso una gran lección de filosofía sentirse perfectamente insensible a todos aquellos honores, sentirse mucho más desgraciado en aquellos magníficos aposentos, con diez lacayos de librea, que en su celda de madera de la torre Farnesio, rodeado de diez siniestros carceleros y temiendo constantemente por la vida. Su madre y su hermana, la duquesa V***, que fueron a Parma para verlo en su gloria, se quedaron impresionadas con su profunda tristeza. La marquesa del Dongo, ahora la menos novelera de las mujeres, se alarmó tanto que llegó a creer que en la torre Farnesio le habían dado algún veneno lento. Aunque era extremadamente discreta, creyó su deber hablarle de tan rara tristeza, y Fabricio no pudo contestarla porque rompió a llorar.

La multitud de ventajas, que se siguieron a su brillante posición, no le sirvieron sino de disgusto. Su hermano, aquella alma vanidosa y gangrenada por el egoísmo más vil, le escribió una carta de felicitación casi oficial, y, con la carta, un envío de cincuenta mil francos, con objeto de que pudiera —decía el nuevo marqués— comprar caballos y un coche dignos de su nombre. Fabricio le envió aquella suma a su hermana pequeña, que estaba mal casada.



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