El visitante
El visitante Ralph Anderson avanzó con pasos firmes, seguido de dos agentes uniformados. Su mandíbula era una línea tensa, sus pensamientos un torbellino. No debía ser personal. No podía ser personal. Pero no había margen de error. ADN. Huellas. Testigos.
Terry Maitland no tenía escapatoria.
El entrenador notó la presencia de los oficiales cuando estos cruzaron el campo de béisbol. En un inicio, su expresión fue de sorpresa, luego de preocupación. Los murmullos crecieron en las gradas.
—Terry Maitland —la voz de Anderson sonó fuerte y clara—, queda arrestado por el asesinato de Frank Peterson.
Silencio.
Un silencio cortante, denso. Luego, un rugido de voces confusas, susurros afilados.
—¿Qué…? —La voz de Terry fue un susurro ahogado.
Marcy Maitland irrumpió en el campo, su rostro una máscara de incredulidad.
—¡¿Qué demonios están haciendo?!
—Cálmate, Marcy —dijo Terry, con una voz tensa pero controlada—. Debe haber un error.
Pero Ralph Anderson sabía que no lo había. Terry Maitland era culpable. Tenían su sangre en la escena, sus huellas en la carne del niño, su ADN bajo las uñas del cadáver.