En la hierba alta
En la hierba alta Una voz infantil emerge desde un campo de hierba altísima, que ondea como un mar estático bajo el sol. La decisión es automática. Cal y Becky se miran, bajan del coche y cruzan la carretera. Él aparca en el terreno polvoriento frente a una iglesia con ventanas tapiadas llamada La Roca Negra del Redentor. Becky avanza hacia la hierba, grita al niño. Él responde. Dice llamarse Tobin y que su madre está herida. Dice que lleva días allí.
Pero otra voz interrumpe: una mujer, áspera, desesperada, les suplica que no entren.
—¡No lo hagan! ¡Aléjense!
Cal, ignorando la advertencia, se lanza primero. Becky lo sigue. Un paso más y la hierba los engulle. El campo es más denso, más alto de lo que parecía. La lógica espacial se quiebra: lo que estaba a diez pasos parece a un kilómetro. Las voces cambian de posición como si flotaran. La carretera desaparece. El campo los traga sin dejar rastro.
Becky marca el 911. Tiene señal. Un tono. Una operadora contesta. Pero cuando intenta explicar su ubicación, la señal se esfuma. “Sin servicio”. La cobertura, como la orientación, se disuelve en el aire.
—¡Beck! —grita Cal desde algún lugar invisible—. ¡No me pierdas!
—Estoy aquí mismo —responde ella, aunque él ya no la ve.
