El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –Has de saber –dijo Keawe– que el hombre que tiene esa botella terminará en el infierno.
–Calculo que voy a ir a parar allà de todas formas –replicó el marinero–; y esta botella es la mejor compañÃa que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! –exclamó de nuevo–; esta botella es mÃa ahora y ya puedes ir buscándote otra.
–¿Es posible que sea verdad todo esto? –exdamó Keawe–. ¡Por tu propio bien, te lo ruego, véndemela!
–No me impona nada lo que digas –replicó el contramaestre–. Me tomaste por tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!
Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella desaparece de esta historia.
Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su alegrÃa aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus dÃas en la Casa Resplandeciente.
Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889.