La Flecha negra

La Flecha negra

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—¡Sigamos! —dijo Dick, y cansados como estaban, cojeando Matcham debido a la herida de su pie, se pusieron en marcha de nuevo bajando la colina.

Tres minutos después penetraban en una espesura de árboles de hoja perenne. Por encima de sus cabezas se elevaban a gran altura los árboles, formando techo continuo de follaje. El bosquecillo era como una bóveda poblada de columnas, alta como la de una catedral, y, a excepción de los acebos, que les estorbaban el paso, estaba despejado y cubierto de suave césped.

Por el lado opuesto, abriéndose paso entre la última franja de arbustos, salieron a la débil claridad del bosquecillo.

—¡Alto! —gritó una voz.

Entre los enormes troncos, a unos veinte metros, apareció ante ellos un individuo grueso, vestido de verde, jadeante por la carrera, que inmediatamente les apuntó con el arco a punto de disparar. Matcham se detuvo lanzando un grito; pero Dick, sin vacilar, se lanzó recto hacia el forajido, desenvainando su daga. Sea que el otro se quedara sorprendido por la audacia del ataque, o bien que las órdenes recibidas detuvieran su mano, lo cierto es que no disparó: se quedó vacilando, y, antes de que tuviera tiempo de rehacerse, Dick saltó a su cuello y le arrojó de espaldas sobre el césped.


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