La Flecha negra
La Flecha negra Cayó la flecha por un lado y por otro el arco, con un chasquido que resonó en la quietud del lugar. El desarmado forajido se aferró a su atacante; pero la daga brilló en el aire y descendió dos veces. Se oyeron dos gemidos y Dick se puso en pie. En el suelo quedaba el hombre, inmóvil, atravesado el costado.
—¡Sigamos adelante! —gritó Dick, y una vez más se lanzó a la carrera, siguiéndole algo rezagado Matcham.
Poco era lo que avanzaban, pues marchaban penosamente y resollando con fuerza. Matcham sentía un agudo dolor en el costado, y la cabeza le daba vueltas; a Dick le pesaban las rodillas como si fueran de plomo. Mas prosiguieron la carrera sin perder el ánimo.
Al poco rato llegaron al final del bosquecillo. Terminaba bruscamente; frente a ellos estaba el camino real que iba de Risingham a Shoreby, encerrado en ese punto entre dos muros iguales de espeso bosque.