La Flecha negra

La Flecha negra

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Hatch desmontó, colocó las riendas sobre la cerca y echó a andar por el campo, llevando a Dick junto a sí, hacia donde cavaba el viejo soldado, hundido hasta las rodillas entre sus coles, tarareando con voz cascada una cancioncilla. Todo él iba vestido de cuero excepto la capucha y la esclavina, que eran de frisa negra, anudadas con cinta escarlata. Por el color y las arrugas, dijérase que su rostro era una cáscara de nuez; pero sus viejos ojos grises eran bastante claros y límpidos todavía, y perfecta su vista. Quizá porque era sordo, quizá porque no creyese digno de un viejo arquero de Agincourt prestar atención a semejantes disturbios, el caso es que ni las ásperas notas de la campana tocando a rebato ni la proximidad de Bennet y el muchacho parecieron impresionarle, y continuó cavando mientras con débil y temblorosa vocecilla entonaba la melodía:

Si he de ser, mi señora, de vuestra propiedad

os ruego que de mí tengáis piedad.

—Nick Appleyard —dijo Hatch—: Sir Oliver te saluda y te ordena que, antes de una hora, te dirijas a Moat House para encargarte del mando.

El viejo alzó la vista.

—¡Dios os guarde, señores míos! —repuso, sonriendo—. ¿Dónde va master Hatch?


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